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Maipú y Corrientes

 Maipú y Corrientes

Foto de Personas creado por rawpixel.com – www.freepik.es

Se sentó en una silla solitario, como cualquier persona sin compañía aparente, pidió un café expreso y esperó bastante; yo creí que aquel hombre no tenía dinero para comprar algo más. Por momentos su rostro se observaba preocupado e inquieto, luego cambiaba de semblante e inclinaba su cabeza como si tuviera un sueño reparador.

Un típico café espresso, al estilo italiano.

El café seguía siendo sorbido a cuenta gotas, nuevamente me venía el sentimiento confuso de pensar que aquel sujeto quizás tenía algo de hambre y en mi mesa había más comida de la que un ser humano pudiera ingerir en una sola sentada, bife de chorizo, fritas, y otras cosas. En ocasiones pensé acercarme y buscar la manera de compartir, pero me venía de inmediato la prudencia y el temor de alterar la dignidad de aquella persona que vestía de forma ordenada y pulcra. Me contuve, no interrumpí su soledad, el hombre parecía dormir, pero en realidad lo que hacía era bajar su barbilla y, de soslayo, tirar la mirada hacia la calle Maipú.

La Avenida Corrientes seguía altamente transitada, pero el sujeto no parecía ser distraído por el bullicio de los autos y las personas que se aglomeraban para asistir a la función de un grupo de viejos hazmerreíres que aquella noche iban a contar chistes en el teatro Rex de Buenos Aires; tenían un nombre extraño, algo así como Les Luthiers, quizá era aquel nombre confuso el que llamaba la atención de la gente que asistía por montones a ver la función.

Les Luthiers en el teatro, en Buenos Aires, Argentina.

El hombre de la historia levantaba su cabeza por momentos y luego parecía dormir de nuevo, entonces agucé mi vista y logré verificar que sus ojos estaban abiertos mirando hacia la calle Maipú. Los párpados estaban forzados contra las cejas, y la parte negra de los ojos casi pegaba a las pestañas. En realidad el hombre tenía dificultad para mirar ya que en la vidriera del restaurante había una cinta amarilla a la altura de los ojos, para evitar que las personas al caminar pegaran en el vidrio como los pájaros inocentes. La situación se aclaró y le dije a mi compañera de viaje que aquel sujeto estaba expectante, que esperaba a alguien y que no estaba dormido.

En adelante no pudimos salir del restaurante antes que supiéramos la conclusión de aquella espera. Se me alivianó la conciencia al saber que no estaba interesado en comida, y que el café era sólo un motivo para ocupar un espacio en aquel lugar de comidas abundantes.  Acomodaba las manos de diferentes formas, algunas veces las ponía sobre la mesa, otras las dejaba descansar en su regazo, luego las pasaba por su pelo para proyectar su apariencia fresca y elegante como muchos varones de avanzada edad en la ciudad de Buenos Aires.

Por la Calle Maipú llegó ella, elegante, bien maquillada y con un bolso de cuero suave que se deslizaba por las caderas esbeltas y bien proporcionadas. Tenía quizá su misma edad, la del hombre, solamente dirigió su mirada hacia la parte interior del restaurante.

El rostro del caballero recobró el color de alguien enamorado, y la buena vibra se esparció por el lugar. Se incorporó con rapidez y dulzura haciendo una señal de espera a la dama, corrió a pagar la cuenta y salió aligerado sorteando las mesas, sillas, y demás obstáculos que aparecían en su camino.

La mujer esperaba serena y erguida, su mirada lucía sólida y segura, su piel mostraba señas de su edad, su cuerpo reflejaba la historia de muchas décadas, pero exhalaba la energía de los que aman por primera vez. Había hecho esperar a su amado algunos minutos de rigor, lo suficiente para que él fortaleciera el aprecio de aquella cita de amor, tanto que el caballero no se había arriesgado a ir a pagar la cuenta por temor a que ella llegara en ese infortunado momento y asumiera su ausencia.

Sentimos un amor sin tiempo, sujeté la mano de mi compañera compartiendo la ilusión perdurable.

Él estaba radiante, su vientre algo abultado y su piel mustia delataban los años vividos, no pocos. Quizá hasta era alguno de los viejos hazmerreíres cuenta chistes, eso no lo sé, pero aquella espera solo podía sostenerse con la ilusión del amor. En alguna parte de la ciudad habría mucha historia de los dos, pero aquella noche el mundo era de ellos.

Miguel Calderón

Miguel Calderón

Profesor catedrático de la Universidad Nacional de Costa Rica. Exdecano de la Universidad Nacional entre 2004 y 2009. Miembro académico del Consejo Universitarios de la Universidad Nacional de Costa Rica. Estudió en la Universidad Nacional de Costa Rica, Howard University y Georgetown University en washington D.C, USA. Autor de las novelas: Muertos que nunca mueren y La Mansión; Cuentos de la Bonga ( Impreso y audiolibro con microcanciones); Cuentos para un final.

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