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La caracola de viento: una reflexión sobre el veganismo

 La caracola de viento: una reflexión sobre el veganismo

Imagen ilustrativa. Foto de Naturaleza creado por wirestock – www.freepik.es

Más que a olas, me sonaban a viento. Si era un caracol chiquito, era como un aire del espacio, contenido, una presión en el oído… Pero aquellas caracolas grandes sonaban a ventiscas de brazos violentos. Fue hasta adulta que por algún lado escuché que la cavidad de los moluscos reproduce los sonidos de nuestro cuerpo: la circulación, los movimientos musculares… lo que oímos no es mar ni olas, es solo aire bailando en espiral, al son de nuestro cuerpo, el que usualmente no escuchamos y ahí hace eco.

Los animales no humanos son como caracolas de nuestras creencias, sesgos y miedos. ¿Por qué elegimos amar y cuidar a algunos?

Cuando se trata de perros, gatos y otras mascotas a cuya convivencia nos hemos acostumbrado, la mayoría hemos desarrollado algún tipo de sensibilidad que nos abstrae de mirarnos el ombligo como especie. ¿Quién que haya convivido con uno de estos peludos tendría la menor duda de que es un ser que piensa y siente?

La convivencia ha alcanzado para darse cuenta de que cada animalito tiene su propia personalidad, gustos, manías, fobias y carácter: A este le gusta que le rasquen la panza, mientras que aquel disfruta más de meditar en soledad, que uno tiene sus juguetes favoritos, y otro es quisquilloso con la comida.

Pero incluso, en muchos casos, se trascienden los descubrimientos generales, y auténticamente los llegamos a considerar miembros de la familia.

Hoy en algunos sistemas legales se discuten custodias de peludos en medio de divorcios conflictivos, en teoría de género se sabe que la agresión a las mascotas es parte de los ciclos de violencia doméstica, y ya en la mayoría de legislaciones existe algún tipo de disposición que castiga ciertos tipos de maltrato animal.

¿Por qué nos escandaliza -o al menos incomoda- saber que un cachorrito fue quemado, un gato tirado desde un balcón, o que existe un festival en Yulin, Guangxi, en que las celebraciones se acompañan de carne de perro?

Sin duda, porque conforme hemos ampliado nuestra conciencia moral, y con ella el respeto hacia los animales, han dejado de ser vistos como objetos a nuestro servicio, para develarse ante nuestros ojos como lo que son: individuos inocentes, con identidad, deseos de vivir, de ser libres, capaces de dar y recibir amor.

La sola idea de pagar esa pureza con crueldad, indolencia y maltrato, nos parte el corazón y se nos presenta como muestra de una barbarie innecesaria, en pleno s. XXI, cuando los niveles de evolución, tecnología, educación, conocimiento y disponibilidad de recursos para la supervivencia y la calidad de vida son más abundantes que nunca antes en la historia de la humanidad.

¿Qué sonido trae la caracola aquí? Casi lo escucho… parece decir: disonancia.

¿Por qué la conciencia y el amor son amplios, claros y contundentes para unos, y de repente, sin explicación aparente, se apaga la luz a medio camino, y todas esas certezas sobre los animales, quedan a oscuras cuando hablamos de otras especies? Cualquier información científica de fácil acceso, nos permite verificar sin la menor duda o discusión, que lo mismo que sabemos sobre nuestro gatito o perro, es idénticamente cierto para un cerdo o una vaca.

En el caso del primero, sus niveles de inteligencia, sensibilidad, y hasta cercanía genética al ser humano, son incluso mayores que los de cualquier animal de compañía. Igualmente claros y fuertes son sus nexos familiares y de comunidad, sus ganas de jugar y divertirse, su difrute de una caricia, y su deseo de vida y paz. Hasta de familias animales menos cercanas a nosotros, como peces o aves, existen abundantísimos estudios que ya hoy hacen indiscutible saber que al igual que los mamíferos, sienten, poseen sistemas nerviosos (es decir, procesan emociones como dolor, miedo o estrés), y viven en complejos sistemas sociales y ambientales… en resumen, son igualmente individuos con un interés primario de mantenerse vivos, y muy lejanos a la noción de objeto inanimado e inconsciente, puesto para servir nuestras necesidades, como podría haber entendido el ser humano primitivo, con pocos recursos de supervivencia, imperiosas necesidades nutricionales y evolutivas, y que posiblemente no había tenido las oportunidades que tenemos hoy, de ver a los ojos a una criatura inocente y comunicarse a través del lenguaje universal de la ternura y el respeto.

Y si sabemos que todos sienten, piensan, quieren vivir, y en general tenemos consenso sobre la inmoralidad de maltratar innecesariamente a seres inocentes, ¿por qué se nos apaga la luz, cuando debemos dar el siguiente paso, y vivir de manera más respetuosa hacia ellos? ¿por qué se nos hace difícil tan conectar los puntos de un dibujo claro como el agua?

La caracola dice: no sé. La mayoría de las respuestas que nos damos son falaces. La mayoría son repeticiones de lo que dijo alguien más. De manera extraña sentimos enojo o defensa cuando nos hablan de esto. Pensamos que es un juicio personal, que me están quitando algo, que me retan lo que soy, lo que creo, de lo que estoy hecha.

¿Pero y si escucho el eco de lo que resuena? ¿Si trato de identificar qué sonidos interiores son los que hacen bulla, aunque suenen a mar? La mayoría de personas somos sensibles, nacimos percibiendo y respetando a todos los seres por igual. Sin prejuicios. Sin sesgos de superioridad ni justificaciones para la indolencia. Hemos sido ensordecidos por océanos de mentiras repetidas, lugares comunes, por los sonidos de la costumbre y la cotidianeidad que nos arrullan a quedarnos calentitos y cómodos, aquí adonde estamos seguros y en paz. Aunque eso implique desoír la circulación interna, los movimientos musculares, la voz interna que nos dice lo que es cuando perdemos miedo… todos esos soniditos del interior, que ahí están… no dejan de sonar… Deténgase y escúchelos, al igual que los animales, tienen mucho qué decir.

 

*Este artículo representa la opinión/posición exclusiva de su autora*

María José Yglesias Ramos

María José Yglesias Ramos

Abogada, docente y estudiante, mediadora, escritora, amante de la naturaleza, la resolución alterna de conflictos y la educación.

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