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Cuento corto: “Mami sonrió”

 Cuento corto: “Mami sonrió”

Imagen ilustrativa. Foto creada por pressfoto – www.freepik.es

Aquel día, me preparaba para dormir cuando una notificación rompió el silencio de mi habitación, inmediatamente pensé en él y me maldije por seguir haciendo eso. Luché por no ir a por el teléfono y en menos de diez segundos ya tenía el aparato en mis manos iluminando mi cara. Desbloqueé.

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Mordí fuerte con mis muelas, mientras mi puño trataba de destrozar el maldito teléfono que al siguiente segundo volaba por los aires. Contra la pared más cercana se estrelló en una pieza y al suelo cayeron tres.

Se cumplían exactamente tres años sin hablarle, cada puto día un constante pensar en que nos había pasado, que había hecho mal (además de lo que ya sabía que había hecho mal), me acostumbré a vivir con el dolor en el pecho y ahora cuando me distraía extrañaba el dolor, no éramos los mejores juntos, pero éramos nosotros y cuando no lo fuimos todo se derrumbó de manera muy violenta, extraña, casi incomprensible… casi; y, parafraseando a un poeta español, de repente era media dos y se sentía horrible. 

Las primeras semanas fueron odiosas, no importaba  quien me escribiera si no era él, era detestable; borré su contacto y lo volví a agregar unas cinco veces hasta que destruí el papel con su número que guardaba en mi cartera. Conforme pasaban los días, semanas y se convertían en meses lo único que me consolaba era pensar que él la pasaba igual de mal que yo. 

Encendí la luz de la habitación, para observar los restos de mi teléfono, apagué la luz nuevamente y me recosté boca arriba, sabiendo que no podría dormir, me puse a pensar. El problema era el de siempre, yo orgullosa un poco más que él y él orgulloso tanto como el mismísimo Dios.

Empecé a conversar con mi ego, y con conversar me refería a discutir fuertemente con él, reclamarle y obligarlo a que me dejara vivir en paz. La negociación fue áspera y los resultados pobres, él se mantuvo en su posición de jamás escribirle y yo acepté que el dolor en el pecho había disminuido con el tiempo. Sí, mi ego ganó, él siempre gana. 

Decidí que era hora de dormirme pero mi cerebro decidía lo contrario y me seguía tirando recuerdos, nuestros mejores momentos, los almuerzos juntos, cuando bailábamos en algún bar josefino, alguna que otra borrachera con vino en la casa, y las largas discusiones donde arreglábamos el mundo y lo volvíamos a estropear en un solo párrafo. Una lágrima se deslizó sutil desde el rabillo del ojo hasta mi oreja, no sé cuánto tiempo estuve despierta.

De repente alguien tocó la puerta de la casa, una esperanza me inundó el pecho, mami bajó a abrir, me quedé quieta y en silencio… 

— Ma, ¿puedo pasar? — le dijo.

Mami lo saludó y de inmediato supe que era él, mi corazón quería explotar, preguntó por mí y ahora subía las gradas, la esperanza crecía, sonreí feliz, verdaderamente feliz después de tres largos años, tomé rápidamente mi teléfono para ver la hora, mi teléfono estaba en una sola pieza y de inmediato comprendí que era un sueño, tocó la puerta de mi habitación y me desperté de golpe, mis ojos estaban empapados y el dolor en el pecho había regresado con fuerza, respiré profundo y golpearon la puerta nuevamente, abrí los ojos como platos, me incorporé rápidamente y me fijé que mi teléfono siguiera hecho pedazos, lo estaba. 

— Un momento, por favor — me apresuré a ponerme una blusa y abrí la puerta.

A unos metros de distancia mami sonrió.

Edgardo Sibaja Araya

Edgardo Sibaja Araya

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Cuentista y novelista. Autor de dos libros publicados: "Creo que fue la Soltería" y "Lúcido". Joven vecino de Salitral de Santa Ana.

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