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¿Cómo es (con)vivir con una discapacidad? Anécdotas para reflexionar

 ¿Cómo es (con)vivir con una discapacidad? Anécdotas para reflexionar

Imagen ilustrativa. Foto creada por freepik – www.freepik.es

Algunas de las consecuencias que la sociedad en la que nos encontramos, no tenga una correcta percepción de la situación de discapacidad, es el hecho de que se nos trata diferentes, tan diferentes que se nos discrimina y segrega más a menudo de lo que alguna persona pudiera soportar.

Sin embargo, dentro de la ignorancia del modelo social de la discapacidad (del cual ya hablamos en ediciones anteriores), existen momentos “hilarantes” (si es que cabe la palabra) que, dependiendo de las circunstancias, se podrían clasificar de graciosos, a pesar de todo lo malo que nos pueda pasar, – repito, por la ignorancia que en ocasiones “galopa” libre y atrevida a vista y paciencia de los que en buena teoría deberían preocuparse en detenerla -.

Hay que tomarse la vida de forma positiva, sin dejar por ello de luchar por lo que por derecho nos pertenece, es por ello, que, hoy he querido traerles algunas de estas anécdotas que a su vez espero sirvan de reflexión:

¡Qué genios!

Para comenzar les contaré de una de las tantas ocasiones en la que me disponía a subir a un bus, ya que iba para una gira de dos días a impartir una charla en otra región del país, cuando el chofer me pregunto ” ¿necesita que le baje la rampa del bus? “

Me quedé mirándolo fijamente, perpleja y a la vez decía: _ ¡Oh salvé a tan majestuoso representante de la genialidad, inmensurable ser de inteligencia de…sapiencia! Jajajajajaja…. Creo ya habrán notado mi sarcasmo, mi dolo con ensañamiento, producido en mi mente, de lo que en realidad quería expresarle a aquella persona que por pereza de accionar la rampa para que yo subiera al bus, salió con semejante pregunta.

Ah sí, yo solamente respondí, _” sí señor, necesito la rampa”, pero creo que la expresión de mi cara delató mi sorpresa y no lo niego, tenía cierta risilla burlona mientras le contestaba.

Y que me dicen de aquella otra ocasión en la que, a mi amiga, Susana, que también utiliza una silla de ruedas electrónica, llamó un taxi con rampa y el chofer le hizo otra genial pregunta ¿la silla también va? ¡Ay no! Como se suele decir en la jerga popular aquello fue “mucho con demasiado”, de nuevo la expresión facial de mi amiga lo decía todo, estando ante tal “desconocimiento” que lo disfraza es más el deseo de no complicarse la vida (según ellos) y con esto no brindar un servicio para el cual se les extendió una placa que muy bien podrían estar aprovechando otros que sí quieren trabajar.

¿Qué piensan ustedes? ¿todos unos genios verdad?

¿Cuándo no sabes ni que eres?

Como si lo anterior fuera poco, les cuento también de cuando tomé el tren en la estación del pacifico hacia Heredia, toda otra travesía por cierto, ya que además tuve que esperar uno en especifico que era el que tenía la rampa de acceso, y  ni que decir de los malabares para que la silla se mantuviera en un solo sitio, puesto que el vagón no contaba con cinturón de seguridad, pero aún sí me encanta viajar  en tren, no se que pasaría si se descarrila, estando en mi condición, pero esa ya sería otra historia, fijo una historia con falta de protocolos de emergencia para atender casos de personas en situación de discapacidad.

En fin, cuando llegamos a nuestro destino, una de las muchachas encargadas de vender los tiquetes, le pregunta por radio a su superior ¿primero hago bajar a la gente? ¿Queeeé?

Y ¿yo que era? ¿O no me digan que solamente por trasladarme en una silla electrónica dejaba de ser persona y me convertía en una especie mutante de zombie?  Ah sí olvide, soy “diferente” y en este justo momento en el que usted lee esto, imagínese también a ese emoji que tiene sus ojitos para atrás.

Claro, mientras bajaba igual lo hacía sonriendo e intercambiando impresiones con mi asistente personal, sobre la ignorancia que aún impera y en la falta que hace la capacitación al personal. Además de ir mencionando posibles “cosas” a las que esa chequeadora podría haberse referido. Así que entre risas mi asistente me decía “seguramente eres una extraterrestre” y yo le respondía “o una salvaje (no gente)” y hasta el día de hoy nunca supe que fui para esa persona.

¿Arreglan nuestros problemas?

Pero prepárese a escuchar la siguiente historia, de nuevo la protagonista es mi amiga Susana. Ella como cualquier otra persona interesada en mejorar su salud, se dirige al gimnasio más cercano de su casa, cuya entrada ella analizó previamente y observando que la entrada era accesible, tomó la decisión de inscribirse ahí y pensó demás que sería fácil hacerlo, como cualquier otra persona insisto. ¡Pero no! ¿Cuál fue su sorpresa que el entrenador que la atendió llamó al jefe para ver si le podían adaptar ciertos ejercicios? Hasta ahí todo bien, ¿no?

Al terminar la llamada, creyendo éste que le hacía el mayor favor posible, y buscando la manera más amable de decirlo, le suelta aquella frase: “Si claro venga, aquí le arreglamos su problema”

¡Santo Dios del cielo!

Al fin un lugar donde arreglan problemas, con razón llega tanta gente ahí, Jajajajajaja, fue mi respuesta cuando ella nos contó a otro amigo y a mí lo sucedido. Nuestro amigo igual que nosotras con esa sensación de cólera y muertos de risa a la vez decía “¿cómo? yo voy a ir también para que me arreglen el problema de pagar el agua y la luz”.

Sobra decir que Su – como la llamo yo -, se desmotivó tanto que obviamente no se inscribió ahí ni en ningún otro gimnasio, porque además se le dijo que debía ir en un horario especifico para prestarle mayor atención a la rutina “diferente” que había que hacer y no es que este mal en este caso la diferenciación, sería un ajuste razonable, lo malo es hacer énfasis en la diferencia y que ella ni siquiera pudiera elegir el horario que mejor le convenía.

Nos quitan nuestro derecho a la salud, a la recreación y a socializar y con esas actitudes, que, aunque quizás sean sin mala fe, calan muy dentro de nuestra alma.

¡Que lindosmuñequitos”!

Para concluir, les contaré de la vez que fuimos a San Vito, igual en gira de trabajo, íbamos a facilitar una capacitación sobre el modelo de asistencia personal que se trabaja en la asociación Morpho en la cual estoy.

Recuerdo que íbamos en fila “india” subiendo esa cuesta en esa acera tan poco accesible – primero mi amiga Francini de San Vito, luego yo y de último mi amigo Carlos – cuando escuchamos que una señora de unos sesenta años de voz dulce le dice a Francini _” ¡Ay que linda muñequita con su sillita! Y, de acuerdo con el orden de la fila me dice a mí _ ¡Otra muñequita! y cuando vio a Carlos expresó con mayor dulzura _” ¡Ayyyy viene un muñequito también!

Si si, lo sé, era una dulce señora que desbordaba amor y amabilidad y que su intensión nunca fue herirnos, ni burlarse, ni nada por el estilo, no somos unos amargados, no voy a discutir eso. Obviamente, en esta ocasión también nos reímos muchos y mientras nos alejábamos de la señora, nos veíamos unos a otros y decíamos ”qué cosita más linda esta muñequita”, refiriéndonos a nosotros mismos.

Lo que deseo destacar con esta historia son varios prejuicios hacia nosotras las personas en situación de discapacidad, siendo uno de ellos el infantilismo eterno al que somos sometidos así tengamos arrugas hasta las rodillas y un frondoso bigote o barba que indica que ya no somos unos niños o niñas.

Imagen ilustrativa. Foto creada por freepik – www.freepik.es

El segundo de esos prejuicios, esa otra etiqueta de que no somos personas atractivas, como si tuviéramos que andar en fachas, oliendo mal y sin que nadie nos vuelva a ver porque no somos bonitos/as. Ese es otro tema que en su momento abordaré: nuestro derecho a la tener una familia, a la sexualidad y la salud reproductiva.

Muchas son las historias que podría contarles y que acá no me alcanza el espacio; como cuando un restaurante se inventó un artículo de la ley 7.600, diciendo que era prohibido venderle cervezas a las personas en situación de discapacidad y así esta desistiera de entrar a su establecimiento, el cual no tenía ascensor.

Pero, a través de estas pocas anécdotas, muchas repletas de mitos y etiquetas que nos cuelgan a nosotras las personas en situación de discapacidad, con las cuales, con algunas reímos hasta que nos duela el estomago o lloramos de impotencia, porque esas nos las enganchan dolorosamente en la piel.

Espero que con ellas usted querido lector/a pueda reflexionar que una simple palabra o gesto puede hacer una gran diferencia en este camino hacia una verdadera inclusión social.

Wendy Barrantes

Wendy Barrantes

Licenciada en Derecho. Activista por los derechos de las personas con discapacidad. Fundadora del Centro de Vida Independiente Morpho.

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